vendredi 26 août 2016

Mis cuentas: una carta en facebook a dos amigos

Apreciados A y L, he leído con atención su interesante discusión sobre la figura que compartí donde se mostraban cifras monetarias sobre los precios del conflicto armado y el posconflicto colombiano. Para contextualizar más, vuelvo a poner mi comentario de la misma: “algunos hacen estas cuentas ¿Cuáles son las suyas?”

Respondo aquí entonces por mis cuentas: Mi niñez se desarrolló en los 80's con días que traían vientos de muerte y dolor. Bombas en las ciudades, policías asesinados, secuestrados, aviones volados en pleno vuelo, ley del talión, dinero en los aires, tumbas en los campos y ciudades.

En mi adolescencia, llegaron algunos vientos pacíficos atajados por exterminio sistemático. Durante varios años, el noticiero del mediodía era una macabra visita al cementerio. Cuerpos desmembrados, calles y tarimas políticas bañadas en sangre. Miedo general. Los años pasaron y no hubo tregua. Los cilindros empezaron a volar pueblos. Falsas promesas de cambio desfilaron por la pantalla de un televisor pasado a fuerza de alicate porque el botón de cambiar el canal se había dañado. De todas maneras, daba lo mismo el canal sintonizado. La capacidad de producir horrores en nuestro país no paraba nunca. Al final, todo era normal. Los horrores parecían conmovernos, pero en realidad habían creado un grueso callo sobre la capacidad de ser solidarios, de tener compasión. En los campos y carreteras, horrores por doquier. En ciudades como las mías (Sincelejo y Riohacha), la noche nos hablaba de la mano negra y de uniformes dictando órdenes. En cualquier mañana, el vecino del novedoso Betamax era descubierto con un secuestrado metido en un oscuro hueco de su finca. En cualquier mañana, amanecía un ser humano con orientación sexual diferente mutilado y con su órgano sexual atravesándole la humanidad. El sentimiento del barrio era un silencioso, sordo y respingado: "Se lo merecía". Y así también se quedaba en la psiquis colectiva el: "si lo mataron es porque hizo algo". El país donde yo crecía se iba marchitando en un caldo social cada vez más cáustico. Una sociedad televisiva donde la violencia de una película de Van Damme era lo mismo que un nuevo horror violento.

Fueron entonces los tiempos de la universidad. El discurso político ganador a nivel nacional era aquel que apelaba a la guerrilla. La guerrilla de desplantes y zonas despejadas. La guerrilla a exterminar sin cuartel. Vino una ofensiva salvaje. Un nuevo ejército galopó sobre la dignidad de miles de campesinos. Ahora ya teníamos un tríptico totalmente destapado con tres jinetes apocalíticos en cada esquina del país. A poca distancia de uno de mis más felices recuerdos del colegio, colombianos ejecutaban actos que palidecían ante las más crudas películas de horror; cabezas por balones, muertes por diversión, vidas por caprichos de mando. En la distancia, se apagaba toda voz discordante. Se apagaron risas y proyectos de país, se abrieron vías y se pudo viajar. La fatiga de la violencia se convirtió en desidia, en burla y más que todo en cotidianidad indiferente.

Luego vino una pausa. Una posibilidad de despertar sin olor a velorio cada día. Sin escuchar victorias de cartón y fajos de billetes en la radio. Sin temer la puñalada de la esquina. Fueron años para ver desde fuera lo que implica la perpetuación de la violencia, pero, sobre todo para renovar ánimos y reafirmar la creencia de que una sociedad en donde los principios básicos de la empatía humana queda relegada por el ¿Cómo voy yo ahí? Y por mantos de sangre de sus ciudadanos está condenada al atraso. Atraso que conviene a pocos que acaparan mucho. Atraso que nos pone a sobrevivir y no a vivir. Atraso pensado para que no pensemos más allá de la botella de ron o de los 10.000 del voto o de la facha del vecino o de la renta. Atraso para vender y comprar apocalipsis y mesías de cartón. Atraso contagioso y apasionado a pesar de estar en el podio mundial de la carrera por ser la sociedad más desigual. Atraso de filas de muertos a boca de hospitales quebrados. Atraso de días rancios por falta de fluido eléctrico. Atraso de recursos desangrados con impunidad servil. Atraso de seguir cambiando oro por espejitos.

Ahora, hace ya varias semanas que el noticiero se ocupa más del sensacionalismo. Pasan horas dedicadas a investigaciones superfluas, a entrevistas a zutano y a mengano, a declaraciones fantasiosas y sobrias, engañosas y políticamente correctas, entrometidas y prudentes, sobrias y vulgares. Se oyen voces y opiniones, argumentos y rechiflas, discursos y vociferes que suenan más que el ensordecedor fuego del fusil. Para mí, eso vale más que cualquier presupuesto en metálico. La plata va y viene mijo, la vida no, me dijo mi mamá un día que me robaron la tradicional ropa decembrina que llevaba en la maleta sin estrenar. La verdadera riqueza de las naciones no está en su PIB, está en la fortaleza y el talento de su gente para construir un plan de país con norte definido. Esto último sólo puede hacerse entre ciudadanos cuyos derechos no estén cimentados en el pie de un cañón. No se logra de manera automática. Se construye día a día. Eliminando en el camino los factores que llevan a la inequidad y a la violencia. Yo, mejor digo sí a esta nueva estrategia de construir país aunque no cumpla con todos los parámetros justicieros habidos y por haber ya que comprendo que ningún ser humano corre sin haber antes aprendido a gatear.

Estas son mis cuentas y las hago sin ningún apasionamiento. Las sopeso con los riesgos que encierran unos acuerdos imperfectos; feos en algunas partes; incomprensibles en otras; tediosos y con concesiones, pero acordados sin pistola en mano. Las sopeso sabiendo que están lejos de traer una paz definitiva y perfecta, pero reconociendo que traen una promesa diferente. Una promesa de cambios que apalancan nuevos paradigmas.

Les deseo a ambos muy buenas noches.